“Esa vieja es una…”

¿Por qué esa agresión entre mujeres??

Diferentes especies de animales tienen diferentes formas de asegurarse de que el grupo tenga una descendencia fuerte, capaz de sobrevivir. A nivel evolutivo, el grupo/especie es lo que importa, no el individuo como tal.

En el caso de los lobos, por ejemplo,  sólo la hembra y el macho  dominantes (alfa) se aparean y el resto de la manada cuida de sus cachorros. Dado que el lugar del alfa se gana, se puede pensar que los alfa son más fuertes/inteligentes/capaces de sobrevivir que el resto de la manada, y sus crías habrán heredado esas características. Este tipo de estrategia se llama “crianza cooperativa” y además de los lobos los monitos titíes y los suricatos también la utilizan. Los humanos, en cierta forma, también: un ejemplo de ello es los abuelos o hermanas/hermanos solteros que cuidan al nieto o sobrino.

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Una de las estrategias más usadas es la poligamia, donde un solo macho se aparea con múltiples hembras. Ese macho también se ganó ese privilegio a pulso.  Entre los animales polígamos se encuentran desde el oso negro hasta las ranas, pasando por los humanos (en algunas sociedades). En algunos casos los machos no viven con la manada sino que sólo se acercan en la época de apareamiento y las hembras o viven en familias (madre y crías) o en grupos, y se llegan a ayudar entre sí cuando hay poco alimento. Un ejemplo de esto es el elefante de la sabana africana.

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Hay otros tipos de estrategias pero me las brincaré para llegar a la monogamia, que es la que la mayoría de los humanos practicamos. (Aunque hay 47 países donde la poligamia es legal). Es difícil saber hasta qué punto los humanos “somos” monógamos por naturaleza y por qué. Sí se sabe que cuando las crías requieren mucho cuidado, es ventajoso tener a los dos padres cuidando una cría, pero lo mismo se logra, en tal caso, con la crianza comunitaria.

El caso es que muchas sociedades humanas son monógamas, o por lo menos socialmente monógamas (léase: vivir en pareja no implica monogamia sexual). Si hay prácticamente igual número de hombres que de mujeres, en teoría no debería haber mucha competencia, pero las mujeres no desean “un” hombre sino el “mejor” hombre. Así que los hombres que son buenos candidatos para  padres (buenos genes + que demuestre compromiso hacia la pareja e hijos) resultan ser un bien escaso.

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Todo este rollo nos lleva a la competencia sexual entre mujeres. Que puede ser despiadada. Hay muchísimas observaciones pero hay pocos estudios más o menos rigurosos. Dos investigadoras de una universidad canadiense realizaron recientemente un estudio. Su metodología fue relativamente sencilla: a voluntarias (estudiantes de la misma universidad) les dijeron que iban a hablar sobre amistad entre mujeres, y las acomodaron por pares. Luego, comenzaba el experimento real: una chica entraba al lugar donde estaba el par inicial y se registraron las respuestas de ese par de mujeres desde que entraba la chica hasta después de haberse ido.

La mujer en cuestión era una chica que eligieron porque era atractiva desde un punto de vista evolutivo (cuerpo tipo “reloj de arena”, buen cutis, busto amplio). Esa chica podía estar vestida “normal” con pantalones de mezclilla, una camiseta, y el pelo sujeto con una colita de caballo, o “sexy” con una minifalda, una blusa escotada y estrecha, pelo suelto y botas negras hasta la rodilla. Cada par de mujeres vio solo una versión de la chica: la normal o la sexy.

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La chica “normal” fue recibida sin mayores comentarios pero la “sexy” fue ampliamente criticada. Una de las mujeres dijo el equivalente más o menos de: “¿Qué ch… fue eso?” (“what the f… was that?”) Cuando la chica salió, las críticas continuaron, tanto de su vestimenta como sus motivos “seguro quiere con el profesor”. Otras agresiones fueron más sutiles: hacer gestos con los ojos, “barrerla” (mirarla de arriba abajo), reírse bajito.

Otros estudios han mostrado que la agresión es mayor cuando la agresora es joven (teóricamente porque todavía tiene que competir mientras que muchas de las mayores de edad ya tienen pareja), cuando las agresoras son amigas y, también, cuando la “intrusa” es guapa. Mientras más guapa, más agresión en su contra. La agresión no es abierta, sino indirecta. Esto tiene dos propósitos: mostrar que una (la agresora) es mejor que la otra (la víctima) y también, evitar que las mujeres sean abiertamente promiscuas. Además crea un lazo entre las agresoras, que implica que “esa” es promiscua (dicho obviamente muchas otras formas más creativas) mientras que “nosotras” no. Un poco de presión social para por lo menos dar la apariencia de ser “niñas buenas”… ¿no?

Esto parte de la idea de que el sexo es una forma de adquirir poder sobre el hombre y si hay mujeres dispuestas a “regalarlo”, las mujeres como grupo pierden ese poder. Esta negociación con los hombres y lucha entre mujeres es más palpable en sociedades “libres” en comparación a sociedades más tradicionales donde las chicas se casan muy jóvenes y/o cuando los matrimonios son arreglados.

Esto no implica que los hombres sean santos y no se insulten. Sólo que ellos no se insultan por parecer promiscuos, sino se enfocan en las características que les importan (aparentemente) más a las mujeres: estatus social o económico.

Un problema fuerte es que es la percepción de promiscuidad y no los hechos lo que incitan la agresión. Y que muchas  chicas resultan víctimas de una agresión tal, que llegan a caer en depresiones fuertes y ha habido varios suicidios. Pero es un problema que no tiene soluciones rápidas o fáciles. Según algunos sociólogos la solución sería que los hombres no pusieran tanto énfasis en la fidelidad… o que los “buenos” hombres no fueran un bien tan escaso.

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Archivado bajo Fidelidad e infidelidad, Sexualidad

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